El gato funámbulo

© Jorge Salazar Isaza

Foto: © Annie Drese

No sé de dónde ni cómo,
maullaba quedo a mi puerta
un gatico, más encono,
lucía figura yerta.

Los lamparones sin pelo
de aquel “sarno gatoso”
solo causaban repelo,
fijo que no era goloso.

Del mal llamado pelambre
salía un olor salobre,
un monumento del hambre
¡Cuánto se quejaba el pobre!

Yo le arrimé leche tibia:
– Toma y sigue tu camino,
poco tus penas alivia
mas aquí no es tu destino.

Después de beber la leche
seguía allí muy plantado:
– Si vos querés que yo te eche
te pongo afuera ¡apestado!

Salí a mis ocupaciones
la jornada en la oficina
con problemas por montones,
él me esperaba en la esquina.

Le saqué su comidita
que silenció aquel maullido,
la misma escena bendita
por cuatro días seguidos.

Decidí llevar el gato
do médica de animales,
vecina de agradable trato,
a ver si curaba sus males.

– Es sarna no contagiosa
de desnutrición resulta,
dele vitamina acuosa.
No me cobró la consulta.

Entré el gatico a la casa
comencé su tratamiento,
con pescado y con linaza
se le notaba contento.

De color marrón y mono
por fin le brota su pelo,
ronronea un solo tono
se apelotona en el suelo.

Entonces se dio al juego:
los ovillos y las lanas
eran parte de su Lego,
se trepaba por las ramas…

Verlo me daba alegría
me encantaba con su rito,
a esta linda compañía
decidí llamarle Pito.

Poco servía la gracia
del apuesto maromero,
brincaba por las acacias
todo lo hacía a su fuero.

Cuando le daba la gana
se arrunchaba en mi regazo,
su presencia tan bacana
¡qué berraco regalazo!

No paraba de dar saltos
de caminar en dos patas,
volatinero, resalto,
mientras me veía a gatas.

Le hice entonces un gimnasio
con cuerdas y travesaño
donde tuviera su espacio
donde jugara a su amaño.

Me olvidé un tanto del gato,
él en su juguetería
yo cumplía mis contratos,
mas oí ruidos un día.

Quedo bajé las escalas
observé desde el recodo:
Pito a través de la sala
atando una cuerda a su modo.

Doblaba de uñas y dientes
entre muebles laberinto,
cuando la vio resistente
a la cuerda pegó un brinco.

En equilibrio perfecto
Pito iba por la cabuya
giraba en ángulo recto
qué armonía, mi aleluya.

En silencio recogido
yo vide el gato funámbulo,
qué aparición su latido
maravilloso espectáculo.

Ya me veía empresario
me sonreía la fortuna,
mejor que el gato corsario
con Pito brillaba luna.

Presto invité mis amigos
a asistir aquel concierto,
cuando llegaron testigos
el gato se me hizo el muerto.

No hubo manera ninguna
de agendar el súper número,
su indiferencia gatuna
me ponía muy energúmeno.

Cuando por fin me calmé
luego filmé el animal,
gente dijo: – Bien se ve,
intelecto artificial.

Soy el único espectador
de Pito, mi saltimbanqui,
me manifiesta su amor
con él me la paso “tranqui”.




Fin




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