El dragón bailarín

                             Texto: © Jorge Salazar Isaza
Dibujos: © Annie Drese

No lejos del centro de la tierra
vivía una familia de dragones,
el papá, la mamá y los tres hijos:
Dagoberto, Darío y Diógenes.
Papá dragón busca en las canteras
azufres, pedernales y humaredas
para nutrir su linaje de colosos
esperanza de alcurnia guerrera.
Mamá dragona prepara sopa
con encendidos condimentos
manjar que aquellas criaturas
sorben y devoran al momento.

Dagoberto y Darío
en las artes de combate se ejercitan.
La estampa anuncia las batallas
donde probarán su bravío.
Pasan las horas a resollar candela,
ansiosos de desfogar su aliento
ya poseen un vaho calcinante
al que no escapa ningún insecto.
Con sus alas incipientes
sobrevuelan las cavernas,
su deporte favorito
es la caza de murciélagos.

Diógenes, su padre no se explica,
parece de otra estirpe.
Le gusta perder el tiempo
y es frecuente sorprenderlo
arrobado en sus pensamientos.
¿Será él como aquel tío,
vergüenza de la familia,
a quien un humano
le infligió castigo?
Un buen día
el padre reunió los deudos
y con enérgico acento
fijó a cada cual su destino
de acuerdo con el talento:

- Dagoberto, tú recibirás los mares
lugar pleno de misterios.
Serás monstruo entre los monstruos
terror de peces y marineros.
Los fondos del océano serán tu morada
allí fundarás tu imperio.
¡Naufraguen frente a ti las naves,
inclínense los cuatro vientos!

- Darío, a ti te corresponden los volcanes
gaznates del fuego eterno.
Habitarás las galerías telúricas,
gobernarás sismos y movimientos.
A tu paso temblará el orbe,
los mortales te tendrán miedo.
¡Con tu furia se hundirán los montes
y se agrietará la tierra!

- Diógenes, dragón díscolo,
aún debes demostrar el valor
de nuestros ancestros.
Escucha bien: en prueba
se te otorgará una cueva.
Allí ejercerás vigilia,
a batir príncipes y aventureros
tendrás siempre que estar presto.
No conocerás clemencia
ni en el pulso temblor,
de la batalla el fragor
mostrará tu arrecio.
De lo contrario serás maldito
y pagarás con tu vida
de tu cobardía el precio.

Cada cual tomó su camino.
Esas palabras resonaban
en los oídos del pequeño.
Llegó a la gruta
asignada como puesto,
pusilánime no era
a comprobarlo estaba dispuesto.
En la distancia, en su montura,
divisó un caballero.
Se agazapó entre las ramas,
blandió su cola de acero,
contuvo la respiración
lanzallamas del infierno.
El jinete se acercó,
su armadura relucía
al azul del firmamento
y cuando la garra fatal
preparaba el golpe certero,
Diógenes vio el caballo
bestia al peligro ajeno.
El dragón se quedó mustio,
escondido en su sentimiento.
El noble bruto pasó de largo
cargado con su amo ileso.
Diógenes bajó la guardia,
pronto olvidó su empeño
y un estado de melancolía
pareciera ser su dueño.
¿Dónde van los dragones
de su sino despojados
que prefieren los crepúsculos
a los ataques siniestros?

Una mañana Diógenes escuchó
un alegre trino.
Un canto desconocido
nunca oído en el paraje
tal vez algún gorrión recién venido
saludaba a los vecinos.
Llamado por las notas
el dragón se dirigió al lugar
donde anidaba el concierto.
Con sigilo, entre el follaje,
buscó el sonido
y en un claro del bosque
encontró una pastora.

De su flauta se escapaba la melodía.
Los acordes cual mariposas
revolotearon en el pecho del dragón
quien se puso a bailar
como si quisiera celebrar
el comienzo de la creación.
La pastorcita no tuvo miedo
de aquel animalote
que parecía feliz
al compás de su alegro.
Larai, larai, larona
aromas de aurora,
larai, larai, larito
tulipanes y suspiros.
La pastora y el dragón
se dirigieron a la aldea.
La gente con asombro
no cesaba de anunciar
la llegada de un fenómeno
nunca visto en el lugar.
- Peligro para el ganado, decían unos.
- Alimaña del demonio, alegaban otros.
Los niños rodearon
ese animal con escamas de colores.
Sin hacer presentación
la pastora entonó una ronda:
los pequeños a sus palmas
y Diógenes a su danza.
Por aquellos días
llegaron las ferias,
famosas en todo el condado
pues el insigne poblado
de fiesta se revestía.
Jolgorios y carnaval,
desfile por las calles
de lentejuelas mil trajes
destellaban alegría.
Una comparsa en especial
suscitó la admiración:
un dragón resplandeciente
halaba una carreta
con niños, melodías y canción.
A la plaza llegó el cortejo,
allí Diógenes desplegó su baile
y de su boca brotaron fuegos artificiales.

Entre tanto Dagoberto y Darío,
que desde las colinas espiaban,
lanzaron sendos rugidos
y precipitaron su ataque.
Nadie abandona impune
el destino de los dragones,
cúmplase la sentencia
dictada en las tradiciones.
La multitud despavorida
en sus casas buscó abrigo
y dejó atrás en su huida
los hermanos enemigos.
Aquellos basiliscos
se batían a muerte
en lucha enconada
y pelea desigual.
Se estremecieron los riscos
crepitaron los torrentes,
se removieron las tumbas
de la época glacial.

En medio de la lucha
Diógenes se vio perdido
y cuando sus verdugos
se disponían a dar el golpe mortal,
una banda de niños
con la pastora al frente
lanzó una lluvia de piedras
y basura sobre los impertinentes.
Dagoberto recibió una nube
de pintura en el rostro
y Darío una pedrada en un ojo.
Diógenes aprovechó el descuido
para esconderse en un refugio.

Allá fueron los amigos
a curar sus heridas
y allí permanece oculto
durante muchos días.

Más cada año
a la ocasión del festival,
guardado por los niños
y en desfile de carnaval,
aún se puede ver el dragón
que le encanta bailar.

Fin

3 comentarios sobre “El dragón bailarín

  1. Jorge y Annie:
    Felicitaciones!!!
    Encantador el cuento y sus ilustraciones. Hay en él una atmósfera de aventura y suspenso que atrapa a chicos y grandes. Las ilustraciones le dan el tono perfecto a la narración.
    Me hace pensar este escrito que salirnos de lo «ordinario», eso que siempre estamos acostumbrados a ser y a hacer, nos trae problemas, como le sucede a Diógenes. Genial que sean los niños con la ayuda de la Pastora los que lo protejan. Ellos aún no están contagiados de tener que ser «rebaño».
    Amo a Diógenes, además, porque es sensible a la música y decidido a seguir su propia estrella.
    Gracias por tanta belleza.

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  2. El acuerdo de paz con la pastora terminó bien. Ojalá tambien en Colombia. Escamas multicolores en vez de vaho en llamas. Los dibujos son tan gloriosos como la historia. Pa’ lante!!!!!

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  3. De todo lo que has escrito este es lo mejor de lo mejor, aunque no soy experto; pero logras una composición de gran factura estética tanto en el tema como en la forma, construyendo una historia corta y pequeña, sencilla y común, pero vista en su conjunto, me parece un gran escrito; pero, además de lo anterior, lo construido por Annie es la historia expuesta en paralelo; me recuerda el texto escrito por O. Fals B. « Historia doble de la costa » escrita en dos canales, al decir de Fals, en las páginas de la izquierda, los hechos descritos, y en las páginas de la derecha, la interpretación teórica de aquellos; quizá la comparación no es la adecuada, pero el trabajo bidimensional de Salazar y Annie me recordó ese texto de Fals. Felicitaciones, Annie, felicitaciones Jorge.

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