© Jorge Salazar Isaza
Pido permiso, señoras y señores, para contar esta historia, mía y vuestra así lo espero, encontrar el consuelo que prometen las letras. Pido ayuda a los santos y a la Virgen del Carmen para entrar en azarosas aguas con débil maderamen. No soy docto en letras ni conocido escribano, con tantas penas podemos ser poetas. Aquí les vengo a contar el viaje de tantas muertes matadas que en el más allá se encuentran, en el juicio de las almas.
Me mataron en una esquina y no supe por qué. Tal vez una bala perdida o alguna culebra me cobró de una vez. Permítanme presentarme: Elí Molina, un servidor. Uno más de rebusque, andariego y trovador, donde llego armo corrillo, en la plaza de mercado me graduaron de doctor. No le quito un peso a nadie y me hago respetar por mi ciencia y por mi maña en el arte de curar. Yo inventé la pomada “cariño”, muchos pueden atestiguar, contra envidias y males en general. El jarabe “tominejo”: evita que le saquen las maletas al corredor. El ungüento “amigazo” que volatiza morados y arañones. El aceite de corozo que disuelve los cálculos. Tengo toda la farmacopea del indio Agapito, la mano de mi Dios en un frasquito. Mi vida fue esta que ustedes ven hasta que un día dije amén. En medio de mi oficio llegó la tragedia. Primero quedé obscuro, por este orificio se me fue el mundo y yo nadando en el aire. Tantos años de pulso de desparraman en un nada.
Después de un túnel vi una luz. Al final me encontré en un descampado con miles de finados. Allí, atónitos aguardamos aluna señal que indicara el rumbo. De pronto, retumbó una voz en la montaña:
-¡Colombianos a este lado!
Ay, ay, ay me dije, aquí también es jodido. Un arcángel con una espada de fuego señaló un trecho. Allí nos reunimos unos cien paisanos mal contados. ¿Los muertos de aquel día? ¿Quizá de aquella hora? La información era poca en esta asamblea augusta y hasta el valiente se asusta delante de lo eterno. Yo analizaba aquel pueblo: más hombres qué mujeres, jóvenes más bien, bonitos y feos, todos con aire transparente. Difícil situar la gente cuando no tiene prenda alguna y por maleta solo lleva heridas de sepultura.
Esta es mi aventura a quien la quiera creer, yo no hago más que contar. Por favor, el respetable un poco más para atrás. Tranquilos por remedios, para todos hay. Sí, con mucho gusto mi señora, primero escuche el relato y después le vendo el nitrato. Ambos la mejoran.
Como venía diciendo estaba allí perdido en ultratumba zona cuando de pronto distinguí una persona:
– ¿Vé? ¿Será o no será? Para mí que sí. Aquella fue novia mía… ¡Eh! Qué hubo pues Rocío. ¿Qué estás haciendo por aquí? Lo mismo que yo… No, sí, claro… ¡Cómo estás de cambiada! ¿Yo también? ¿Pálido? Será el trasnocho… ¿Y qué te pasó? ¿Cáncer? Yo ni sabía que estabas enferma… ¿Perdido? No, ocupado. A mí nada una bala perdida. ¿Eso dicen todos? No sé, yo acabo de llegar… ¿Y aquí cómo es la mano? Primera vez. Claro, yo también…
De aquella charla nos sacó un cimbronazo. Un trueno subterráneo que abrió una grieta en el suelo. Por allí, envuelto en humo azufrado, salió un señor alto, blanco, delgado, vestido de frac y capa negra, pelo engominado y un par de cachos brillantes. Llevaba un cuaderno debajo del brazo, nos miró a todos alrededor, dejó escapar una risita y espetó:
– ¡Ajá, con que colombianos! Bienvenidos a su juicio final. Yo tengo mucha afección por su país, uno de mis sitios predilectos. Me produce excelentes dividendos. A ver, a qué me huelo por aquí: asesinos, secuestradores, violadores, ladrones… ¡Que buena camada! De ese país me mandan una joyitas que son una maravilla. No sé cómo hace, yo apenas boto semilla y allá se da de todo rapidito. ¡Qué cosechas las de esa tierra! ¡Hum! De aquí nos vamos pa la paila mocha.
– Oí, Rocío, que nos vamos a condenar. ¿Te importa un carajo? No digás eso… Mirá que esta sí es la hora de la verdad. ¿Infierno el de allá? No, tampoco, Rocío. Yo no te di mala vida, por ejemplo. Tenía que andar mucho por mi profesión pero siempre te pensaba. ¿Abandonada? ¿Qué me estás diciendo? No es momento de charlas, Rocío. ¿Un muchachito? ¿Hijo mío? ¡Cómo así! Pero nunca me dijiste nada… ¿Cómo se llama? ¿Elí? Elicito… ¿El vivo retrato mío? Vea pues. ¿Con quién se quedó? Con tu mamá… ¡Ay, Dios mío! Soy papá y vean donde me vengo a enterar…
Estaba aún turulato con la noticia cuando encima se iluminó una nube. Apareció una comparsa de angelitos de trompeta y arpa que empezó a descender. En el medio, en medio de luz y música solemne, sentado en un trono escarlata el Divino Redentor estaba. No tan finito de cara como un sagrado corazón, moreno más bien, de barba oscura, túnica blanca resplandeciente y mirada bondadosa. En las manos y los pies llevaba aún los estigmas del Calvario. A su lado, en un escritorio desvencijado, un señor calvo con un manojo de llaves al cinto, nos habló así:
Para quien no se haya percatado ustedes están muertos y vamos a proceder: todo está anotado por Satanás y por mí. Sobre esta base vamos a seleccionar el personal. El Señor Jesús tiene la última palabra. De pies, vamos a leer el Evangelio. Sacó san Pedro un misal y empezó:
–Venid benditos de mi Padre porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste…
Ahí se armó el alboroto. La gente se arremolinó para tratar de subirse a la comparsa.
– Yo primero, gritaba el uno.
-Yo tengo más obras de caridad, alegaba el otro.
-Tuve costurero de los pobres, empujaba aquella.
-Para campeón de limosnas, yo…
-Déjeme meter.
-Le vendo el puesto.
En fin, se formó la de Dios es Cristo. Le tocó al arcángel venir con la espada de fuego a poner orden y evitar que la gente se trepara al cortejo. Yo desde atrás observaba el movimiento. Nunca he sido de tropeles y además el palo no estaba pa cucharas. Saber que un pedacito mío seguía vivo allá, en un recodo de la tierra, me llenaba de nostalgia.
-Rocío, daría el alma por volver y ocuparme de mi hijo. ¿Y por qué no me dijiste nada? Sí, yo no era fácil de localizar pero vos sabías que un niño podía cambiarme. Yo te hubiera respondido. ¿Y cuánto tiene ya? ¡Dos añitos! Una vida por delante en un país tan duro. Y nosotros por aquí…
A todas estas las calma había vuelto. San Pedro me echó una mirada. Era de los pocos que no había participado del revuelo. El santo exclamó:
-Ustedes no dejan ni acabar la lectura de Matero 25. Vamos a ejecutar entonces el llamado individual. Arranque con su lista, Lucifer.
El enemigo malo abrió el cuaderno y empezó a leer los nombres de quienes se iban con él. Estaba yo convencido de que eso no era conmigo cuando oí:
-Y cierran la tanda de condenados el Rápido Ramírez y Elí Darío Molina.
Ese era yo. Debía haber un error en alguna parte. Estaba en la lista negra y de ñapa me tocó con el Rápido. Yo nunca tuve mapamundi con banderita en el país de la mujer conquistada. Yo me equivoqué en el amor pero de buena voluntad. Fui enamoradizo, no lo voy a negar, pero es mucha la gente que he mejorado con mis medicinas. Eso debía compensar. ¿Por qué figuraba ahí? ¿Será por el hijo que abandoné? Pero yo ni sabía…
A los condenados nos pusieron aparte. Satanás se puso a revidar nombres y a sacar cuentas. Esta no es conmigo me dije y alcé la mano:
-Perdone que lo interrumpa mi don pero ¿yo por qué estoy en esa lista?
Silencio de muerte. Todas las miradas se fijaron en mí. Los angelitos que estaban afinando bajaron los instrumentos. Algunos dieron señas de aprobación y empezaron a protestar.
-¡Cállense! Respondió el diablo con voz atronadora. Si nos ponemos a discutir nadie sale culpable. Yo me los conozco: que fui muy pobre, mi papá no me quería, mis hermanos me pegaban, que Dios perdona… Soy yo mismo quien divulgo esas excusas para pescar almas. ¿Si no hubiera responsables entonces yo qué me pongo a hacer? Aquí sí hay premio y castigo. Y vos Elí, marcás calavera por desbraguetado…
De nuevo volvió la calma y Satanás siguió metido en sus papeles. San Pedro empezó a llamar las almas del purgatorio y a organizar otros montoncito de almas. Yo el paso lo estaba viendo estrecho. Bajé la cabeza y con maña me le acerqué al diablo. Ahí sentí un olor nauseabundo que subía de las zapatillas de Belcebú. Entonces le dije pasito:
-Perdone don Sata, usted con esa pecueca pudre un estribo. Le tengo el remedio contra esa pedirragia.
El diablo incrédulo, me miró de arriba abajo y se quedó mudo. Se volvió a clavar en sus papeles ignorándome, después de un momento alzó la cara:
-¡Eh! Hombre Elí y este olor es cada vez peor. Al principio creí que era bueno para torturar condenados pero ni yo mismo me lo aguanto. Mi vida es un infierno. Incluso hay demonios que ya me ningunean. A mi paso me hacen el fo… Elí si me aliviás algo arreglamos.
-No se preocupe, le tengo el remedio. Vea: me coge sus orines en ayunas y dentro de un frasco los agita bien. Después se me unta unas gotas entre los dedos de los pies y los deja secar al sereno. Santo remedio, mejor dicho, se me alivia en tres días.
-¿Será que funciona ese tratamiento?
-¡Ave María! Mejor dicho, póngale la firma, don Sata.
-Elí, tu caso fue muy peleado y me tuve que dar maña para te enviaran al infierno. Almitas como vos me fascinan. Pero estoy loco con este olor, me mantengo mareado. Voy a empezar tu cura y si me mejoro te aplazo. Allá vos con los de arriba.
-Vaya, empiece y verá.
Pidió Lucifer un permiso y salió por la grieta. San Pedro seguía ocupado en la distribución de las almas del purgatorio. Yo me puse a buscar la mamá de mi hijo cuando la llamaron: Zabaleta Rocío. Yo me le fui a acercar pero el arcángel de la espada me apartó. Roció me miró llorando y me gritó:
-¡El niño, Elí, el niño!
-En esas ando, Rocío.
Le mandé un beso y ella me envió otro. En esas pasó san Pedro con un grupito de almas y le hablé:
-Su reverencia, le tengo el remedio contra la calvicie.
El santo refunfuño:
-Yo no trato con condenados. Tenga la bondad de callarse que ya vienen por ustedes. Y añadió:
-Qué mundo de gente muerta antes de la hora la que nos llega de Colombia.
Al poco tiempo el diablo estuvo de vuelta. Se me acercó y me dijo:
-Elí, estoy menos tuntuniento. Tu remido al parecer funciona. Un demonio ya se va con el primer viaje. Vos te quedás por aquí y te hacés el pendejo. Nada tenés ganado. Te pueden mandar al infierno en cualquier momento.
-De mi parte le agradezco, don Sata.
Volvió el enemigo malo a sus quehaceres y yo por ahí observando la movida. Había mucho desorden en la asamblea. Con tanta vida trunca las cuentas no daban y cada nada discutían san Pedro y Lucifer. Aparte el grupo del cielo que ya se había ido los demás estábamos en aquel limbo. Y yo ahí tratando de pasar de agache. San Pedro mandaba unas almas para allá y Satanás las traía para acá. Alegaban, blandían listas y los ánimos se caldeaban. Para calmar los ánimos los ángeles entonaron un son de trompeta y arpa. Qué tendré yo en estos oídos, pensé, y me puse a detallar el conjunto. Y sí señor, entre los altos vi un angelito que cojeaba de un ala.
Cada cual es dueño de su credo y no busco convencer a nadie. Bien pueda, examine el balazo que da fe de mi viaje. Tan solo vine a contar la historia… Sí, paciencia caballero, por ahora escuche y así le obra el jarabe.
Cono venía contando, no reinaba acuerdo sobre las almas que allí quedábamos. Entonces el Divino Redentor tomó la palabra:
-Con tanta violencia en Colombia la voluntad de mi Padre se está viendo muy afectada. Hay mucha gente muriéndose la víspera y eso nos tiene embromados. Voy a convocar el concejo de santos. Mientras tanto las almas quedan en el purgatorio al cuidado de mi madre, María Auxiliadora. Se levanta la sesión.
El diablo rechinó los dientes y exclamó:
-Hoy no se hizo más nada.
Cogió un grupito de almas que había logrado apartar y lo echó por la grieta. Yo, entre tanto, me había ido desplazando de a poquitos hasta que me metí en la procesión que salía para el purgatorio. Creía yo en mi suerte cuando san Pedro me pegó el grito:
-¡Molina Elí, usted que está haciendo ahí!
A empellones me sacó el arcángel y me llevó hasta el santo.
-Sepa y entienda que su lugar está en los infiernos y para allá se va de inmediato.
-Un momento, san Pedro, tampoco esta es manera. Además, yo hice un trato con el diablo.
-Por eso mismo. En su compañía se queda. ¡Avivato!
Ya me iban a arrojar a las tinieblas cuando una dulce voz intervino desde lo alto.
-¿Qué pasa Pedro?
-Nada, mi Señora. Uno del infierno que se estaba colando pero ya está todo arreglado.
-Tráelo a mi presencia.
-Virgen Santa, con todo respeto, él es un condenado y tengo orden…
-¡Pedro!
-Ya vamos, Señora…
Todo lo que se ha cantado sobre la Reina Madre es pálida sombra para describir su esplendor. No existe lenguaje humano para narrar tanta belleza. Envuelta en un manto de luz, en un trono de estrellas, la Virgen María estaba. Ella, con Jesucristo y otros santos sostenía un concilio. Por la pluma de algunos supuse que eran doctores y alcancé a oír que discutían sobre la predestinación. No parecían de acuerdo y más de uno se rascaba la cabeza. Cuando llegué custodiado por san Pedro y el arcángel todos se callaron.
-Pedro, te dije que no nos interrumpieras, dijo el Redentor.
-Sí, Maestro, la Santísima Virgen nos mandó llamar. Se trata de un colombiano…
-No, querido Pedro, se trata de un alma que lleva mi escapulario.
Yo me tenté el cuello. Sí, desde pequeño mi mamá me colgó la reliquia del Carmen. Los santos me miraron con interés y uno dictaminó:
-Es el típico caso de milagro post mortem.
Yo me enderecé con el cumplido. El Señor Jesús me miró y me dijo:
-Elí, vas a tener otra oportunidad. Vuelve a tu tierra, sé mi testigo, cuida tu hijo y los hijos de mi Padre.
Yo no sabía qué responder ante tan grata noticia. Me arma de valor y dije:
-Quiero agradecer al cielo por tan grande favor y pondré todo de mi parte para cumplir la misión. Y con todo respeto, quiero decirles que allá tienen un angelito con un viento encajado. Si el Señor tuviese la bondad de llamarlo…
-¿Qué es eso, Pedro? Tú sabes que esos descuidos en casa despiertan mi enojo. Que venga el ángel.
-Sí, en seguida Maestro.
Llegó hasta nosotros la criatura con su vuelo ladeado. Le moví un vértebra, le sobé el alita y quedó como nuevo. Ahí mismo se puso a tocar trompeta.
-Elí, seguí así, me dijo el Redentor. Vete en paz.
Y aquí me tienen señora y señores, estrenado vida por la gracia divina. El de arriba es quien sana yo pongo el vendaje. Si tienen ojos, miren, si tienen oídos, oigan. Y su tienen algún mal del corazón o del hígado, la bilis alborotada o el aliento mata zancudos, acérquense no más… Secretario, por favor, los frascos a este lado y las pomadas aquí. El producto de la venta es para la fundación del Niño Pobre, incluido el mío, claro está. No me acosen que a todo los despacho…
Fin

Delicioso el cuento. Muchas gracias.
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Hacia rato no reia tanto. El submundo paisa supera a Dante Alighieri. Eli es digno heredero del Yerbatero Moderno de Celia Cruz. Mereces amplia difusión pa aliviar el stress electoral en McOndo. Graciassss
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Jorge:
Este cuento me parece que está muy bien elaborado, su narración es ágil y atrapa al lector. Los diálogos están bien logrados lo mismo que los personajes. Hay en este cuento una atmósfera de humor, que sin embargo no oculta nuestra fría realidad: la muerte que nos amenaza en cada esquina. Es divertido, guardas el estilo de nuestro gran escritor Tomás Carrasquilla y esto me encanta.
Te felicito
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Felicitaciones Salazar, bien armada esta mezcla de elementos que proliferan y constituyen nuestra cultura: lo rezanderos, lo avivatos, lo cañeros, lo pretensiosos, lo angurriosos, lo mentirosos, lo exagerados, y lo ladinos; y la genialidad es que de semejante coctel siempre salimos ganando. Vea pues.
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Excelente cuento, atrapa y lleva al lector a disfrutar de los personajes descritos minuciosamente desde el prisma católico y, con el lenguaje pleno de humor emerge la seducion para sobrevivir.
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Me mataron en una esquina y no supe por qué. Tal vez una bala perdida o alguna “culebra” me cobró de una vez
Exquisita realidad fantástica.
Un cuento super logrado. Felicitaciones por esa imaginación cómica en medio de la triste realidad que azota nuestro país.
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