© Jorge Salazar Isaza

Foto: © Annie Drese.
I. Cementerio
– Con gusto te acompaño a buscar la tumba de tu padre.
– Gracias. Ya ubiqué el cementerio donde repatriaron sus restos. Estaba muy pequeña cuando murió…
– ¿Y cómo falleció tu papá?
– Quería ir a fútbol con un amigo, mi mamá se opuso, él salió de todos modos y lo atropelló un auto.
– Cuanto lo siento.
– Mamá vino a enterrarlo aquí en su tierra, dónde él quería su última morada.
– Mira, esta es la oficina de la administración del cementerio. A lo mejor te dan las indicaciones de la tumba. Aquí te espero…
– Me dieron un plano. Este es el pabellón donde está enterrado y aquí en la cruz está su tumba. Todo muy organizado.
– Menos mal porque este cementerio es enorme.
– ¡Qué bonito! Las tumbas tienen relicario con la foto nítida del muerto.
– Sí, están impresas en pedernal. Con altas temperaturas la foto se calca perfecto y dura mucho tiempo.
– No lo sabía… Por aquí es, en el segundo piso.
– Traje esta camándula para colgarla en su tumba. Aquí está la lápida de mi viejo. Está bien mantenida.
– ¿Quieres que te tome una foto?
– No, por favor. Solo quiero estar un momento en silencio.
– …
– Creo que ya podemos ir.
– ¡AL FIN EN PAZ! ¿De dónde salió ese epitafio de la tumba de tu papá?
– No lo sé…
II. Robos
Yo hubiera podido ser un ladrón profesional. Tendría unos doce años cuando una tarde en mi casa miraba a través de los barrotes de la carpintería de mi papá. No miraba sus herramientas colgadas con su dibujo correspondiente, ni el banco con la prensa donde mi viejo remendaba los libros escolares para el hijo siguiente. Yo me extasiaba con las cajas de gaseosa almacenadas allí para ocasiones especiales. Hacía calor y me dije:
– ¡Ah bueno una kolkana!
Ese cuarto se mantenía cerrado y solo mi padre cargaba la llave. Yo estaba solo en el sótano donde estaba la carpintería. Los barrotes eran amplios y mi brazo bien podía penetrar al interior más las gaseosas estaban como a dos metros de la ventana. ¿Cómo alargar mi brazo? Me conseguí una cabuya, le hice un ojal y me di a la tarea de enlazar un fresco. Mandé el nudo amplio sobre la caja de encima y fui moviendo con maña la cabuya hasta que entró en una botella. La templé, vi que las estrías de la tapa trabajaban a mi favor porque ayudaban a asegurar la cabuya. El problema era que no me daba el ángulo para jalar hacia arriba y sacar la gaseosa de la caja. Miré a mi alrededor y vi una escoba. Amarré el extremo de la cabuya a la punta del palo, con un nudo “ballestrinque” que había aprendido en los lobatos, lo metí por la ventana bien agarrado, jalé hacia arriba y ¡bingo! La kolkana se vino hacia mí en balanceo, cual pesca de bazar. La destapé en la cocina y me la bogué de un tirón. Deslicé el envase por la ventana y partí sin novedad.
La cosa hubiera quedado ahí como una travesura casera, repetida de cuando en vez, hasta que caí cuenta que la tienda del colegio, manejada por el Tío y sus hijos, despachaba por ventanillas con barrotes. Un sábado, después del entrenamiento de básquet, cuando ya todo el mundo se había ido, eche un vistazo al interior de la tienda. Por la tercera ventanilla, la quedaba al lado del trapecio después de la rampa de la procura, se podía ver cerca un arrume de cajas de gaseosa. Descarté la idea, el colegio era muy estricto y corría el riesgo de ser expulsado si me sorprendían. Me imaginaba la pela que me darían en la casa. Mas el sábado siguiente eche la cabuya entre el maletín.
Cerca de la tienda encontré una escoba vieja que usaban para recoger papeles después de los recreos. La ventanilla, al interior, contaba con un poyo en madera desde el cual se despachaba. Puse allí la escoba de manera que si alguien llegase no viera nada pues estaba acostada contra la pared de adentro. Di una vuelta para verificar que no había “moros en la costa” como decíamos entonces. El campo estaba libre. Metí mis manos dentro de la ventanilla, armé el nudo y arrojé la cabuya. Pronto enlacé una gaseosa. Até el cabo de la pita a la escoba, jalé hacia arriba y una naranjada vino hacia mí. Guardé la calma, puse mi trabuco sobre el poyo bien recostado y eché un vistazo alrededor para verificar que todo estaba en orden. Primero desaté la naranjada y la dejé adentro sin que se viera. El cuerpo del delito había que sacarlo de último. Recogí mi cabuya, la enrollé y me la metí al bolsillo. Después retiré la escoba y la puse en su lugar. Por último, saqué la gaseosa y me la metí entre la pretina del pantalón, con la camisa por fuera. Encontré un borde de metal de una mesa que había por ahí, apoyé las estrías de la tapa de la gaseosa, le di dos o tres golpes secos a la botella y listo. La naranjada me supo a gloria.
Le tomé gusto a la trampa. Además, el envase estaba cubierto por un depósito de manera que escondía las botellas vacías detrás de la tribuna de la cancha de fútbol. Los sábados ya sacaba de a dos o tres gaseosas, el lunes o martes hacía fila en otra ventanilla de la tienda y reclamaba la moneda correspondiente o la cambiaba por paletas. El negocio hubiera podido continuar, mas funcionaba tan bien que me entró susto. El número de gaseosas sustraídas y de envases reembolsados ya ascendía a una suma importante. Decidí terminar la empresa. Nunca le conté a nadie…
III. Correos
– Me llegó tu correo. En anexo vino con un frasco de ají. Me imagino que es de tu cocina.
– Sí, qué pena, se me fue sin querer. Tengo la opción “objeto plus” para cosas que no pesen más de un kilo.
– El problema es que yo no tengo impresora 3 D para bajar tu frasco de la nube. Tampoco estoy abonado a la opción “objeto plus” para enviártelo de nuevo.
– No te preocupes, ya mismo pido otro ají al supermercado virtual-real.
– ¿Y el que me enviaste que se quede en la nube?
– Que se quede…
IV. Corridas
– Ya van a soltar el toro…
– Pobre bicho, no sabe lo que le espera.
– El toro también tiene sus chances.
– Son muy pocas, el sacrificio está muy estudiado.
– De todos modos se va a morir, es un animal para carne.
– Como mamífero superior su dolor es igual al nuestro.
– No exageres, no se trata de un humano.
– Lo más preocupante es la fiesta con la cual lo hacen sufrir…
V. Catequesis
– ¿Qué es la resurrección de la carne?
– Es un artículo del credo cristiano. Quiere decir que la muerte no tiene la última palabra.
– ¿Será que los huesos se vuelven a juntar, se recubren de músculo y la gente arranca a caminar de nuevo?
– De eso no se sabe nada. Lo que se diga es mera especulación.
– ¿Entonces por qué se llama resurrección de la carne?
– Porque todo lo que hagas por aliviar el dolor humano, vivirá para siempre. Mateo 25 es muy claro: tuve hambre y me diste de comer, sed y me diste de beber, desnudo y me vestiste, extranjero y me acogiste, enfermo o en la cárcel y me visitaste…
– Ah y todo eso sucede o no en la carne de quien sufre.
– Sí, eso creo…
Fin
Una respuesta a «Cosas que pasan – cuentos –»
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